#11 – La Voz

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Si prefieres escuchar.

“Escribe.”

La Voz llegó sin aviso, tan aguda como un golpe contra el interior de mi cráneo.

Era octubre de 1998. Estaba yo en caos.

“¿Escribir?” susurré con calma, pero desconcertado.

“Escribe.” ordenó la Voz.

“¿Sobre qué?” pregunté, confundido y a la vez curioso.

“Lo sabrás cuando llegue el momento,” dijo la Voz.

Luego se retiró hacia el vacío, como si la certeza misma hubiera dado un paso atrás, negándose a quedar atrapada por mis preguntas. Su partida me dejó con la silenciosa comprensión de que algunas respuestas no se entregan, sino que se cultivan, revelándose solo cuando uno finalmente es capaz de aceptarlas.

Pensé que la Voz que vino y se fue era algo destinado a olvidarse.

En cambio, la Voz se convirtió en una semilla de origen, pequeña al principio, casi delicada, pero imposible de arrancar. Imposible de sacudir. El mandato de escribir se ha hecho más fuerte con los años. Lo que comenzó como un susurro se endureció en insistencia. Como un fuego alimentado con troncos densos e implacables, la necesidad de escribir arde más caliente dentro de mí. Brilla con más resplandecer. Cada pensamiento se vuelve yesca. Cada idea, combustible.

Ya no es una sugerencia. Es una fuerza dándose forma a través de mí.

Ahora es enero del año 2026. Tengo 50 años. El caos ya no existe, se ha convertido en una sombra de mi pasado solamente.

Una sola Voz se ha transformado en muchas, cada una con su propio mandato.

“Escribe sobre esto”, insiste una.

“No”, responde otra. “Escribe sobre esto mejor.”

Una tercera interviene: “O sobre esto.”

Pronto el resto de las Voces estallan, superponiéndose, contradiciéndose, ahogándose unas a otras hasta que los sonidos se desdibujan en un solo rugido indescifrable.

Solo se aquietan cuando escribo, como si la página misma fuera un umbral que no se atreven a cruzar. Como espectadores, como lectores, como fragmentos curiosos de algo más grande que yo, las Voces se reúnen a mi lado, esperando a ver qué forma tomará el pensamiento cuando abandone mi mente y entre en el mundo. Su silencio no es ausencia, su silencio es atención.

Entonces una Voz da un paso al frente, no que es elegida, sino que llega, del mismo modo en que una verdad llega cuando está lista. Yo escucho. Ella habla. Y al escribir, descubro que la Voz nunca estuvo separada de mí, pero tampoco fue enteramente mía. Es el universo pensando a través de mí, y yo pensando a través del universo.

Me siento en paz.

La conversación comienza, lenta, casi tímidamente, entre mí y la Voz que da un paso al frente. Le hago preguntas. No siempre responde. A menudo ofrece solo teorías, posibilidades, verdades a medio formar. Me recuerda que el mensaje que recibo puede estar equivocado, que saber nunca es tan simple como querer saber.

Sin embargo, en esa incertidumbre, algo se abre. El diálogo deja de ser una búsqueda de respuestas y se convierte en el acto de presenciar el pensamiento mientras se despliega, dos partes de la misma mente encontrándose en el espacio silencioso donde nacen las ideas.

Me dice que muchos antes que yo han sostenido estas mismas conversaciones con la Voz. Algunos han captado su mensaje con claridad, como si sintonizaran una frecuencia destinada solo para ellos. Otros han vagado entre interpretaciones erráticas, comprensiones incompletas, o han tomado prestada la Voz para justificar decisiones que ya estaban decididos a tomar.

Han surgido religiones, se han encendido guerras, se han ungido gobernantes, se han justificado crímenes, vidas se han extinguido por su propia mano, y pueblos enteros han sido dispersados, todo al susurro de una sola Voz comandante.

La Voz no juzga estas variaciones. Simplemente observa, consciente de que cada mente traduce la verdad a través del lente de sus propios miedos, deseos y preguntas inconclusas.

He aprendido que la mente no es un parlamento de verdades en competencia, sino una sola llama proyectando muchas sombras. Cada Voz es un contorno del mismo fuego, moldeado por dónde me encuentro, cómo respiro, qué temo y en qué propongo convertirme.

Así que escribo.

Como innumerables buscadores antes que yo, he suplicado a la Voz que se revele. Nunca lo ha hecho. Incluso Moisés, de pie en el borde tembloroso de la revelación, fue negado a la plenitud de su resplandor. Solo se le concedió un destello fugaz de su forma en retirada, un eco de gloria en lugar de la gloria misma. La justificación era simple, casi paternal: ningún mortal puede contemplar la plenitud y sobrevivir.

¿Pero era esa la verdad, o simplemente un velo tendido sobre un terror más profundo? Quizá la Voz no estaba protegiendo a la humanidad de su brillo, sino ocultando algo mucho más complejo, su esencia más desnuda.

El bien absoluto que nos cegaría.

El mal absoluto que nos desharía.

El odio más puro, el amor más puro, el sufrimiento más puro, la alegría más pura.

La totalidad de todos los opuestos fundidos en una sola presencia abrumadora.

Tal vez la Voz se negó no por misericordia, sino porque su naturaleza es una convergencia de extremos que la mente humana no puede presenciar sin quebrarse. Quizá lo que yo llamo “La Voz” es simplemente el nombre que doy a lo que yace más allá del perímetro de la cordura.

Y sin embargo, persiste la posibilidad de que la Voz sea visible en el espejo, no como mi reflejo, sino como aquello que observa desde lo profundo de él.

No escribo como un profeta, ni como un traductor de alguna escritura oculta, sino como un caminante que traza el mapa del terreno cambiante interior. Escribo porque el acto mismo es una forma de escuchar. Porque cada frase es una puerta hacia una habitación cuya existencia yo desconocía.

No busco entregar certeza. La certeza es una jaula disfrazada de claridad. En cambio, ofrezco posibilidades, ángulos que inclinan la luz, ideas que se niegan a ser domesticadas, pensamientos que estiran sus extremidades más allá de las cercas de la convención.

Si las Voces provienen de una sola fuente, entonces escribir se convierte en el arte de refractar esa fuente en un espectro. Un prisma no inventa colores; revela lo que ya estaba allí, esperando ser visto.

Y así continúo.

No para declarar la verdad, sino para inquietarla.

No para predicar, sino para provocar.

No para hacer eco, sino para transformar.

Porque en el momento en que comprendí que todas las Voces eran una, también comprendí algo más:

La multiplicidad no es una contradicción.

Es la manera en que el alma permanece infinita.

Byron Batz, Ph.D.

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